Los romanos fueron quienes fundaron la colonia de Dertosa hacia mediados del siglo I a.C. con la instalación en este territorio de un contingente de legionarios que obtuvieron sus títulos de propiedad tras la victoria de Julio César en Ilerda (Lleida). Tortosa, la Dertosa romana, fue siempre enclave principal en el curso bajo del río Ebro y en la falda de la colina creció la ciudad. Sus puertos fluvial y marítimo, siempre entre los más importantes del Mediterráneo occidental, estuvieron ya en el siglo VI gestionados a través de las negociaciones de los judíos, a los que el papa denominaba por entonces transmarini negotiatores. Era natural que, debido a su estratégica situación geográfica, Tortosa estuviera destinada a ser emporio de riqueza y prosperidad y que este centro atrajera muy pronto a otras gentes. La amplia romanización de la ciudad permitió que los visigodos, llegados en el siglo VI, respetaran la lengua y la organización de la antigua colonia hasta la conquista musulmana.

Frente a otras ciudades catalanas que apenas vivieron la influencia de la dominación musulmana, Tortosa o Turtuxa, como la denominaron los árabes, dependió durante varios siglos del Califato de Córdoba hasta que, tras su ruptura, formó su propio reino de taifa en 1035.Los sarracenos conquistaron la ciudad entre los años 713 y 718. Si los sarracenos obtuvieron ayuda de los judíos del interior para su fácil conquista no lo sabemos, pero pudo ser así, pues el descontento judío con la política visigoda era notable. Ya entonces había judíos organizados en torno al puerto, enrolados en empresas comerciales ultramarinas. Esa condición hizo de Tortosa punto estratégico del califato de Abderramán III, en el siglo X. Vestigio de aquel tiempo es el Castillo de la Suda y la lápida fundacional de las atarazanas. No hubo fricciones notables: era época de coexistencia de las tres religiones.

La preponderancia judía en Tortosa se resintió más tarde a partir de dos hechos: uno lo fue a corto plazo, relacionado con la decadencia del puerto tortosino y con ello de su dominio comercial fluvial y marítimo. El otro lo fue a más largo plazo y tuvo que ver con la conquista de la ciudad por Ramón Berenguer IV en 1148. Aunque es cierto que la conquista cristiana del poderoso enclave musulmán de Tortosa supuso al principio la afluencia de judíos venidos de otras partes, como Tolosa, la situación y carácter de su presencia ya no fueron lo mismo.En 1149, Ramón Berenguer IV, a través de la Carta de franqueses al Jueus de Tortosa, hizo donación a los judíos de las atarazanas andalusíes para la construcción de sesenta viviendas.

Entre los siglos XII al XIV, los judíos de Tortosa gozaron de un período de explendor y tranquilidad: los templarios se habían erigido en sus protectores. Jaime I hizo bayle de la ciudad al judío Astruc Yacob Xixó en 1262 y confirmado vitaliciamente dos años más tarde en un momento en el que el call tortosino era acaso el más próspero de la Corona de Aragón. En ese clima se desenvolvieron los banqueros Yafudà Marçii, su hermano y Abraham Meir, que financiaron al rey en sus empresas y ayudaron con su saber financiero a la autoridad local cristiana con aportes y consejos. Astruc Yacob Xixó, o Xixén, pertenecía a una vieja familia de sefardíes: Shushan o ben-Shusan, y no sólo fue alcalde de Tortosa sino también su recaudador mayor. El rey confiaba en él, como confió en sus judíos; la Corona los tenía siempre que los necesitaba: Cuando Jaime I necesitó dinero para conquistar el condado de Urgell, el esfuerzo económico fue llevado por los judíos tortosinos, junto con los de Gerona y Barcelona, que recaudaron la cifra de ciento quince mil libras.Cuando el hijo y sucesor de Jaime II, el infante Alfonso, armó una flota en 1323 para conquistar Cerdeña, la comunidad judía de Tortosa contribuyó armando dos naves a su costa, servicio que le valió a la comunidad una exención de impuestos reales durante dos años. Los judíos respondían siempre, pero no siempre fueron correspondidos.

De 1272 es el conocido Llibre de les Costums de Tortosa, corpus que recogía las normas de conducta y conviviencia de una población abigarrada. El cúmulo de disposiciones y particularismos legales presentados en el Llibre hacían complicada la existencia en la judería y suponían encontronazos con la población cristiana. En el fondo, como en el resto de los calls aragoneses y de las aljamas y juderías de Castilla y Navarra, la suerte de los judíos dependía de los vaivenes y bandazos del día a día: una epidemia, un desastre natural, una hambruna, cualquier cosa, a menudo impredecible, podía disparar el odio siempre latente en el ánimo, a menudo soliviantado por agentes externos; en estos casos la autoridad sólo podía hacer una cosa: trasladarlos temporalmente al Castillo de Tortosa.

La Peste Negra en 1347, primero, y los acontecimientos derivados de las matanzas de 1391 después, fueron diezmando su número a pesar de que el Castillo de la Suda impidió la total matanza. Se divisaba ya su ocaso en forma de conversiones de los más flacos en la fe o de los más interesados en conservar su patrimonio económico aunque para ello fuera necesario abandonar la masoret, la tradición y memoria que son cemento del pueblo judío. La puntilla se la dio San Vicente Ferrer, que sin duda animó con sus sermones a Benedicto XIII, cuya sede de Peníscola era hervidero antijudío. La convocatoria por el papa de la Disputa de Tortosa (1413) supondría un golpe tremendo a la antaño poderosa judería. Su desaparición con el edicto de 1492 ya se prefiguraba por entonces. Así, en manos de un siglo se acabó con una presencia milenaria. Claro que hablamos de una presencia material, porque la espiritual siguió siempre en el alma de los sefardíes tortosinos de Sarajevo, Salónica, Constatinopla, Jerusalén, alguno de los cuales, como en el caso de las juderías castellanas y andaluzas, conservan la llave que desde finales del siglo XV se transmitieron en sentimental herencia. A propósito de la peripecia Histórico de los judíos tortosinos cabría recordar aquella estrofa de romanza que dice: Por enmedio fue rompida / e ya no hay fin al dolor: / la cadena de la vida / se amustió como una flor.

Antigua alfarería

La antigua alfarería en la calle Major de Remolins

En el número 36 de la calle Major de Remolins se localiza la antigua terriseria o alfarería. El edificio conserva en su planta baja el antiguo horno para cocer el barro, de planta circular.

Arco de paso de la calle de la Esplanada

La calle de la Esplanada

Call Nou

La Calle de Gentildones

En la Turtuxa musulmana, no se habló de judería ni aljama ni siquiera de call propiamente dicho. Los judíos habían habitado zonas anexas al puerto no por obligación sino por comodidad y conveniencia. Ahora se ponía la base de un barrio propiamente judío, situación que si bien fue inicialmente favorable para sus intereses, se probó perjudicial cuando, por presiones de naturaleza ajena a la vida tortosí, los judíos de otras ciudades y regiones de España buscaron asentamiento en el call de Tortosa ante en avance almorávide, haciendo que sus precintos originarios se vieran continuamente rebasados. A principios del siglo XIII, Pedro I permitía ampliarlo en dirección a la Bassa del Castell, lo que solucionó las necesidades de espacio sólo momentáneamente.

La judería nueva fue una concesión hecha a los judíos por el Temple en el primer tercio del siglo XIII mediante carta de franquicias otorgada por Ramón de Montcada y los frailes del Temple a veinticinco familias judías. Era necesario organizar una judería nueva. Ahora la comunidad judía adquiría carácter como tal y se ponía bajo el mando de un adelantat, figura que representaba a los judíos política y administrativamente. Esta figura representativa con poderes ejecutivos se ayudaba en su gestión de jueces o dayanim propios que entendieran en las causas de los judíos, que conocían la ley rabínica; contaba además con tesoreros, oficiales de tasas, limosneros y notario, todo en torno al consejo de ancianos. La sinagoga, ubicada posiblemente en la calle Jerusalem, junto a las calles Benifallet y Jaume Tió, era el centro de la vida comunitaria. El status judío de siervos del rey o serui regis, hacía de ellos, al menos administrativamente, una figura político-social intermedia entre el ciudadano libre y el siervo.

La Calle Mayor o Carrer Major en pleno barrio de Remolins, dividía antaño la judería vieja de la nueva. Caminando por la travesía Vandellós se llega a uno de los vestigios arquitectónicos únicos que queda de aquel tiempo lejano: un portal que da acceso al desaparecido cementerio, y entrada a la nueva judería entre un laberinto de callejones, plazuelas y calles zigzagueantes que en su conjunto se resuelve en una línea curva o quebrada exceptuando la larga calle de Vilanova. El aire recuerda la proximidad del río mientras los tonos ocres y amarillos de las paredes de sus casas traen al ánimo del caminante ráfagas y voces, estampas difuminadas de leyendas e historias conforme se va llegando a la plaza de La Figuereta o la de Platger, con sus brocales y pozos.

Call Vell

La calle de la Esplanada en el Call vell

La plaza de la Inmaculada situada a los pies del castillo de la Suda, constituye la puerta de entrada a la judería de Tortosa, dividida en dos partes por la calle Major de Remolins, que transcurre en dirección sur-norte y que deja a la izquierda el call vell y a la derecha el call nou. La Judería Vieja surge tras la conquista de la ciudad a los musulmanes por parte del conde Ramón Berenguer IV, en el año 1148, quien donó a los judíos las antiguas atarazanas árabes para la construcción de sesenta viviendas. Durante la dominación musulmana, la condición fronteriza de Turtuxa frente a los reinos cristianos había hecho gozar a la ciudad de una gran prosperidad, en la que participaron de manera notable los judíos.

Los judíos vivían intramuros de la ciudad ya en tiempos de ocupación islámica de Tortosa, situación que no cambió tras la conquista cristiana; su recinto iba desde la actual calle Tió Noé hasta el barranco del Célio. Del primitivo Call sólo se conserva el trazado de las calles y el Portal de los Judíos. Habitaron a un tiro de piedra de la zona de mayor actividad comercial, junto al puerto, como correspondía a los llamados transmarini negotiatores o animadores del comercio ultramarino a través de un importante entramado de familias e intereses hebreos, infraestructura propia de su singular diáspora. La actividad comercial supuso para los judíos tortosinos una fuente de riqueza, de ocupación e influencia. No sólo se ocupaban de las transacciones con el exterior lejano, tanto en el comercio del oro como en el de esclavos y prisioneros de guerra: parece que a modo de tratantes de ganado se canalizó desde Tortosa un flujo importante de estos desgraciados, tarea encomendada a los judíos por su conocimiento médico, sobre todo en lo relacionado con la adjudicación de eunucos, esclavos convertidos en tales por el médicos judíos encargados de la castración del personal masculino destinado a los harenes.

La calle de la Esplanada inicia el recorrido por la Judería Vieja que, tras dejar a la izquierda la travesía d´en Fortó, desemboca en la calle de Jaume Tió Noé, que establece el limite sur del barrio. En el cruce de ambas calles, el arco de paso de la calle de la Esplanada constituye una de las entradas tradicionales al barrio judío.

Calle Major de Remolins

La calle Major de Remolins

Calle Vilanova

La calle de la Vilanova

Carnicería judía

La esquina de la calle Jerusalén, donde se localizaba la carnicería judía

En esta misma esquina, pero ya en la calle d´en Fortó, se localiza también la carnicería judía, de nuevo señalizada con un panel. Perteneciente a la familia cristiana de los Sentmenat y subarrendada por los judíos, la carnicería dependía de la aljama o gobierno comunitario, quien establecía los mecanismos necesarios para que la carne consumida fuera purificada o cásher.

La carnicería

La carne que era consumida por los judíos tenía que haber sido sacrificada bajo un ritual religioso muy estricto. Éste se llevaba a cabo en el matadero y la carne se vendía en la carnicería.

El matadero, rastro o degolladero, era un espacio que adquiría un cierto carácter ritual por la liturgia ( shejitá ) que en él se desarrollaba durante el sacrificio de animales cuya carne iba destinada al consumo humano (comida cásher). Lo normal era que los mataderos estuvieran en una zona periférica de la judería, para evitar los malos olores en la ciudad.

La carne se vendía en la carnicería, en la que se levantaban puestos de venta que se solían arrendar. Con los ingresos obtenidos se hacía frente a determinadas necesidades de la aljama.

Castillo de la Suda

El Castillo de la Suda

Estratégicamente emplazado en el punto más alto de la ciudad, el castillo de la Suda, en el que tuvieron que refugiarse los judíos tortosinos tras el asalto a la judería en 1391, es una espléndida atalaya para apreciar unas magníficas vistas de la ciudad, incluidos sus dos calls, y para entender, desde este punto, su privilegiada posición estratégica como capital del Baix Ebre.

Reconvertido en Parador Nacional de Turismo, el viejo castillo domina majestuosamente esta ciudad bimilenaria que se extiende a ambos lados del padre Ebro, atravesado por los puentes que unen una y otra parte de su tejido urbano. Este castillo se asienta sobre la plataforma natural que fue utilizada en época romana como acrópolis y transformada en fortaleza por Abderramán III; aún se conservan la base y el trazado de las murallas musulmanas. Después pasó a ser prisión y, en tiempos de Jaime I, residencia real. Sufrió fuertes transformaciones en el siglo XV, y un importante deterioro a causa de la guerra civil de 1936-1939.

Catalogada como una de las más importantes aljamas de Sefarad, fundamentalmente debido a la intensa actividad comercial y financiera de algunos de sus miembros más relevantes, la judería tortosina vivió un especial período de esplendor en los siglos XII y XIV, al final del cual las hostilidades desatadas contra los judíos en toda la extensión de los reinos de Castilla y Aragón terminó desembocando en los asaltos de 1391, episodio que aquí no tuvo la fuerza destructiva que en otras aljamas vecinas, como las de Barcelona o Girona, pero que obligó al poder real a desplegar sus fuerzas para proteger a un colectivo que constituía una de las principales garantías financieras de sus campañas militares. El carácter inexpugnable de la Suda permitió que los judíos tortosinos salvaran sus vidas, aunque no que terminaran, después de un largo y doloroso proceso, enfrentándose al dilema de la conversión o la expulsión.

Catedral

Portada principal de la catedral

La catedral de Santa María de Tortosa se levanta sobre el espacio histórico del viejo foro romano, donde a su vez se levantó una primera mezquita en tiempos de la dominación musulmana y, sobre ella, una primera catedral románica, fechada entre 1158 y 1178. Junto al edificio de la Canónica agustiniana, del siglo XII -que actualmente alberga la exposición del tesoro catedralicio-, y al claustro románico, del XIII, las obras del actual templo gótico comenzaron en el siglo XIV y se prolongaron hasta el XVIII, con la que la convivencia de diferentes estilos es una constante a pesar de la apariencia de continuidad y de integración del conjunto. Además del doble deambulatorio que presenta su cabecera, provocado por la ausencia de muros entre sus capillas, en la seo tortosina destacan la capilla de la Mare de Déu de la Cinta, patrona de Tortosa; la del Santo Sepulcro; el retablo central de la Mare de Déu de l´Estella, en madera dorada y policromada del siglo XIV; los magníficos púlpitos encargados por los Soldevila; la reja del obispo Punter; la capilla del Santísimo, o los capiteles románicos del claustro, que contrastan con la sencillez cisterciense del mismo y que posiblemente fueron reutilizados de un edificio anterior. Los muros del templo catedralicio fueron testigos, entre 1413 y 1415, de la célebre Disputa de Tortosa, donde judíos y cristianos debatieron por largo tiempo sobre la preeminencia del mensaje de Cristo sobre la tradición judaica.

Una vez abandonada la catedral, la tabla de Canvis, cuya existencia recuerda la calle Canvis, que hace esquina con la del Doctor Ferran, evoca la labor cambista de los judíos. Los nombres de los hermanos Isaac Mair y Jafudá Mair han pasado a la historia en el siglo XIV, no solo como financieros de las grandes empresas de la Corona de Aragón, sino también como grandes fortunas a las que recurría la ciudad en momentos de necesidad y de penuria, algo que se repite con cierta frecuencia en todo el reino de Aragón. Desde la plaza Paiolet el Ebro, en todo su esplendor a su paso por Tortosa, evoca no sólo la función secular del río como frontera fiscal, como vía de comunicación y como recurso económico de toda la comarca, sino también como el medio fluvial por el que partieron hacia el exilio, después de 1492, los últimos miembros de una comunidad que formó parte durante al menos diez siglos de la vida de esta ciudad.

La Disputa de Tortosa

Convocada por Benedicto XIII, el célebre Papa Luna, la Disputa de Tortosa fue en realidad una iniciativa personal de su médico personal, el conversoJerónimo de Santa Fe (Josué ha-Lorquí antes de la conversión), para debatir con los rabinos judíos sobre la llegada del Mesías y, por lo tanto, sobre el sentido de seguir manteniendo la tradición judía frente a la cristiana. Iniciada el 13 de febrero de 1413 y prolongada a lo largo de cerca de ochenta sesiones públicas presididas por el Papa, hasta el 13 de noviembre de 1414, la Disputa convocó en la ciudad a veintiséis rabinos de la Corona de Aragón, de los cuales la mayor parte (catorce según unas fuentes y todos menos dos según otras) terminaron abjurando de su fe.

De la disputa se conservan las actas y una relación breve de Bonastruc Desmaestre. La lengua empleada en la Disputa parece que fue el aragonés y utilizaron como minuta veinticuatro tesis redactadas por Jerónimo de Santa Fe. Se trataba de probar que los escritos judíos avalaban la venida del Mesías y perfilaban su personalidad y su obra. Las siete últimas sesiones se dedicaron a criticar los «errores» del Talmud. Desde su posición de fuerza, la parte cristiana obligó a los rabinos a confesar por escrito que no tenían argumentos para contradecir las tesis presentadas.

La Disputa de Tortosa, además del descrédito de los rabinos y de numerosos bautismos de judíos, acentuó el tópico de la «ceguera» de los judíos y dio pie a la publicación de la bula Etsi doctores gentium en 1415, máximo exponente de la represión judía medieval, que recortaba sus libertades. Había sido un acontecimiento tan largo como sonado: durante casi dos años y cerca de ochenta sesiones la ciudad estuvo pendiente de lo que en su pro y en su contra se decía y aireaba en la catedral por los rabinos y los teólogos; el pueblo lógicamente tomaba las cosas a la tremenda, veía en aquellas reuniones polémicas la dura cerviz, del pueblo judío, sintagma evangélico que se les aplicaba: eran tesoneros, pertinaces, no daban sus brazos a torcer..., aunque lo mismo pudo haberse dicho del Papa Luna, el que se mantuvo siempre en sus trece y no quiso nunca abandonar su dignidad pontificia aunque se hundiera el cielo. La Disputa famosa acabó prácticamente con la judería en un momento en el que todavía podían oírse los ecos de las persecuciones y matanzas del año 1391. Por aquí pasaron y por aquí se fueron los que no aceptaron el agua del bautismo; siguieron para ello el curso del Ebro, y desde Port Fangós buscaron refugio en Barcelona, desde donde otearon otros lugares en el Mediterráneo, acaso más seguros.

Caxixa y Bonjuà

Los Gigantes, Caxixa y Bonjuà

Cuando en 1999, entre otras iniciativas tendientes a conmemorar la concesión de la carta de población cristiana y de las de seguridad judía y sarracena, se materializó una idea feliz: evocar de manera plástica el recuerdo de la milenaria presencia judía tortosina creando una pareja de gigantes judíos cuyos nombres, Caxixa y Bonjuà, se corresponden con los de un matrimonio que, según la leyenda, en 1391 aguantó todo tipo de presiones y se mantuvo en su fe. Ellos ponen ahora en el ánimo la nota alegre, la aspiración honrosa, el recuerdo de que en el engrandecimiento de Tortosa tuvo parte fundamental la azacaneada mesnada del pueblo de Israel, vecinos de la hermosa ciudad del Ebro desde la romanización de la Península Ibérica, dos mil años atrás. los gigantes judíos pueden verse en la Llotja.

Horno de la judería

Panorámica de la calle Major de Remolins, esquina calle d´en Fortó, donde se ubicaba el horno de la judería

La calle d´en Fortó devuelve el itinerario al eje principal de la calle Major de Remolins. En la esquina que forman ambos viales estuvo el horno de la judería, que en este caso perteneció a la familia cristiana de los Montcada, aunque se sabe que también la orden de los Templarios se benefició del cobro de rentas a la aljama por la cocción del pan. El control de la aljama sobre el horno era necesario, entre otras cosas, para garantizar la pureza de la elaboración del pan ácimo (sin levadura), que se consumía en la fiesta más importante del año: el Pesah o Pascua judía, celebrada entre los días 15 y 21 del mes de nissán, coincidiendo habitualmente con la Semana Santa cristiana, lo que supuso una fuente de conflictos entre ambas comunidades durante toda la Edad Media. En el siglo XVII todavía se localizaba en este lugar el "Forn del Senyor Rei".

El horno

Durante la Edad Media, los hornos de las ciudades tenían un carácter público y sólo se podían construir o utilizar bajo licencia real. Era corriente que en cada judería hubiera al menos un horno en el que se cocía el pan de consumo cotidiano.

Desde un punto de vista arquitectónico, el horno judío debía ser similar a los que se levantaban en otros lugares de la ciudad: La elaboración de pan no estaba sometida a ningún tipo de ritual específico y, por lo tanto, el horno no tenía por qué presentar ningún elemento diferente en su construcción. Ello también implica que un judío podía comprar pan a un cristiano o utilizar un horno cristiano para cocer pan sin transgredir ninguna regla.

Durante el Pésaj se cocía pan ácimo (matzá), sin levadura, en cuya masa se ponía un sello. Al ser un tipo de pan especial, en las juderías que no tenían horno se podían construir unos provisionales para cocerlo.

Lápida trilingüe

La lápida trilingüe

Una de la joyas más importantes de la catedral de Tortosa es sin duda la célebre lápida trilingüe del siglo VI, grabada en hebreo, griego y latín y perteneciente a la tumba de una joven judía llamada Meliosa, hija de Judá y de María, testimonio de la presencia de los hebreos en Tortosa en tiempos de los visigodos. En un muro del claustro de la catedral se encuentra una copia de esta lápida, que además de la inscripción muestra dos estrellas de cinco puntas y un candelabro muy estilizado, y pertenecía a la sepultura de Meliosa, o Eulalia, joven judía:

Meliosa, bat Judah, Meliosa, hija de Judá y de María, de dolorosa memoria.

No es la única piedra sepulcral encontrada en Tortosa. El original se conserva en el Museo Catedralicio.

Muralla de la ciudad

La muralla de la ciudad

Muy cerca de la sinagoga del call nou estuvo el portal de Vimpeçol, que jalonaba el camino a Zaragoza, que nacía al otro lado de la muralla que mandó construir Pedro IV en el siglo XIV, para proteger a la ciudad y a los judíos en el marco de la guerra con Castilla. El recorrido del nuevo espacio amurallado, que coexistió con los muros del anterior recinto, se sigue con facilidad por el camino de ronda que forma la travesia del Mur, donde se recuerdan estas fortificaciones que desaparecieron en buena parte con la expansión urbanística del siglo XIX. En el sentido contrario, hacia el oeste, las murallas continuaban hasta la torre Rodona, en las orillas del Ebro.

Museu de Tortosa

Museu de Tortosa. Exterior

El Museo de Tortosa Històric i arqueològic de les Terres de l'Ebre explica la historia de la ciudad y de su territorio desde la prehistoria hasta el siglo XX a partir de una selección de las piezas más representativas de la colección municipal. En el ámbito dedicado a la Edad Media aparece reflejada la coexistencia de las diferentes cultures en la ciudad. Ilustran este apartado fragmentos de una janukiyá y la carta de Fernando el Católico, fechada en Granada a 31 de marzo de 1492, a los procuradores de Tortosa en la que el rey notificaba el edicto de expulsión de los judíos.

Horarios de visita:

Del 1 de octubre al 30 de abril

  • De martes a sábado: de 10 a 12.30 h y de 16.00 a 19.00 h.
  • Domingos y festivos: de 11 a 13.30 h.

Del 1 de mayo al 30 de septiembre

  • De martes a sábado: de 10 a 13.30 h y de 17.00 a 20.00 h.
  • Domingos y festivos: de 11 a 13.30 h.

Cerrado los días 1 y 6 de enero, el primer domingo de septiembre, 25 y 26 de diciembre.

El Decreto de Expulsión de 1492

La expulsión de los judíos de los reinos españoles no debe ser considerado un hecho aislado en el contexto europeo. La creciente intolerancia religiosa ya había motivado casos parecidos en Inglaterra, Francia y otros lugares. La decisión de los Reyes Católicos no supuso, pues, una novedad. Incluso se podría decir que la incorporación de España a este proceso generalizado de la cristiandad europea contra los judíos fue más bien tardía.

Antes de firmar el Decreto de Expulsión, los Reyes Católicos intentaron erradicar el proselitismo hebreo adoptando ciertas medidas. Entre ellas, que los judíos vivieran en lugares apartados, lo que al parecer no fue suficiente, dando lugar, en 1480, a la fundación del Tribunal de la Inquisición y, en 1483, a su expulsión de Andalucía. Como estas medidas no fueron suficientes para evitar los males que, en opinión de los Reyes, se hacía a la religión cristiana, tras muchas deliberaciones y con el consejo de sus asesores y de los prelados, acordaron dar un plazo hasta fin de mes de julio de 1492 para que todos los judíos abandonaran sus reinos para siempre, bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes, a pesar de los problemas económicos que iba a originar la medida.

En consecuencia, se comunicó la orden de destierro a todos los prelados, nobles, maestres de Órdenes y priores de Castilla, encomendándoles que hicieran salir a los judíos de sus tierras sin que recibieran daño alguno ni en su persona ni en sus bienes. Hasta ese momento los reyes les dispensarían su protección, autorizándoles a cambiar o vender sus haciendas, en términos de equidad, y sacarlas fuera del Reino, siempre que no fueran oro, plata, monedas y otras cosas vedadas por las leyes. Sin embargo, los casos de explotación y fraude fueron numerosísimos y los judíos se vieron obligados a vender sus bienes a muy bajos precios o a abandonarlos en manos de sus representantes cristianos.

Plaza de La Figuereta

El pozo en la Plaza de la Figuereta

Plaza del Platger

La Plaza del Platger

Portal del Jueus

El portal del Ferre

De la plaza de Ben Sharuk arranca la estrechísima travesía de Vandellós, que conduce hasta el portal dels Jueus o puerta del Ferre, en el límite este de la judería, por donde se accedía al Montjuïc, en el que estaba ubicado el cementerio hebraico. Desde esta puerta se pueden admirar a la derecha, sobre la montaña, las llamadas Avançades de Sant Joan, un sistema defensivo de murallas construido en el siglo XVII a cuyo abrigo se encontraba el fosar de los judíos. Según se sabe por las crónicas, en momentos de crecida del río el portal era utilizado para acceder a la judería o salir de ella. Muy cerca se encuentran los Jardines del Príncipe, uno de los espacios verdes más característicos de la ciudad, que acogen una colección de esculturas del abulense Santiago de Santiago y en cuyo interior se localiza un pozo de aguas sulfurosas muy utilizado en la Edad Media.

Desde el portal dels Jueus, la calle Vilanova conduce hasta la plaza del Platger, donde un pozo, actualmente cegado, contribuye a dar vistosidad al conjunto.

El itinerario prosigue por la travesía de la Font de la Salut hasta salir de nuevo a la calle de Jaume Tió Noé, fuera de los límites de la Judería Nueva. Una vez más, en la plaza de la Inmaculada, verdadero distribuidor de la visita a las juderías, el trayecto hacia la catedral discurre por las calles Pintor Casanova, Major de Sant Jaume y Santa Anna; en una casa de esta última calle se encontró la lápida trilingüe que es signo de distinción de la solera de los judíos tortosinos.

Sinagoga del Call Vell

La esquina de la calle Jerusalén donde se ubicaba la sinagoga de la judería vieja

La calle Jerusalem constituye uno de los ejes del viejo barrio judío, localizándose de manera hipotética a partir de las fuentes documentales en la esquina que forma con la calle d´en Fortó la antigua sinagoga de la comunidad en el siglo XIV, que debió de estar acompañada, en dependencias anejas, de la escuela talmúdica y el baño ritual o micvé .

Antes de regresar a este mismo punto, es posible ampliar la visita a la Judería Vieja con un pequeño recorrido por las calles Jerusalem, travesía de Jerusalem, travesía del Sol y calle del Sol en un circuito donde el recuerdo de los viejos pobladores hebraicos se mantiene intacto.

La sinagoga

La sinagoga (lugar de reunión, en griego) es el templo judío. Está orientada hacia Jerusalén, la Ciudad Santa, y en ella tienen lugar las ceremonias religiosas, la oración comunal, el estudio y el encuentro.

En las ceremonias se lee la Torá. El oficio está dirigido por los rabinos ayudados por el cohen o niño cantor. La sinagoga no es sólo casa de oración, sino también centro de instrucción, ya que en ellas suelen funcionar las escuelas talmúdicas.

Los hombres y las mujeres de época medieval, y también hoy en día, se sientan en zonas separadas.

En el interior de la sinagoga se encuentra:

  1. El Hejal, armario situado en el muro este, orientado hacia Jerusalén, en su interior se guarda el SeferTorá, los rollos de la Torá, la ley sagrada judía.
  2. El Ner Tamid, la llama perpetua siempre encendida ante el Hejal.
  3. La menorá, candelabro de siete brazos, signo habitual en el culto.
  4. La Bimá, lugar desde donde se lee la Torá.

Sinagoga-Casa de Sant Jordi

La Casa de Sant Jordi en la calle Major de Remolins

Junto a la alfarería, y haciendo esquina con la travesía del Mur, se levanta el edificio conocido como Casa de Sant Jordi, popularmente identificado con la sinagoga del siglo XIV de la que hablan los documentos (desmentido hoy en día por los últimos estudios) y que se construyó como hospital en esa centuria. En el siglo XVIII el inmueble se utilizó como cuartel de caballería, conocido como Quarter del Príncep.

La sinagoga

La sinagoga (lugar de reunión, en griego) es el templo judío. Está orientada hacia Jerusalén, la Ciudad Santa, y en ella tienen lugar las ceremonias religiosas, la oración comunal, el estudio y el encuentro.

En las ceremonias se lee la Torá. El oficio está dirigido por los rabinos ayudados por el cohen o niño cantor. La sinagoga no es sólo casa de oración, sino también centro de instrucción, ya que en ellas suelen funcionar las escuelas talmúdicas.

Los hombres y las mujeres de época medieval, y también hoy en día, se sientan en zonas separadas.

En el interior de la sinagoga se encuentra:

  1. El Hejal, armario situado en el muro este, orientado hacia Jerusalén, en su interior se guarda el SeferTorá, los rollos de la Torá, la ley sagrada judía.
  2. El Ner Tamid, la llama perpetua siempre encendida ante el Hejal.
  3. La menorá, candelabro de siete brazos, signo habitual en el culto.
  4. La Bimá, lugar desde donde se lee la Torá.

Torre del Célio

La Torre de Célio y la muralla

El tramo que sí se conserva de la muralla es el que arranca de la torre del Célio o torre Grossa, en el extremo de la travesia del Mur. Al abrigo de este tramo amurallado se encuentra la plaza de Menahem ben Saruk, poeta, lingüísta y autor de un diccionario árabe-hebreo por encargo del jienense Hasday ibn Shaprut, mano derecha del califa de Córdoba.

Menahem ben Saruk

Menahem ben Saruq fue un poeta, lexicógrafo y gramático hebreo nacido en Tortosa en el siglo X. De joven se trasladó a Córdoba, y residió allí, bajo el mecenazgo de Ishaq ibn Šaprut y de su hijo Hasday, famoso médico y político judío, del cual fue secretario. Se dedicó a los estudios gramaticales, y redactó el Mahberet, el primer léxico bíblico escrito en hebreo y considerado la primera obra de la lingüística hebrea de la Península.

Travesía de Vandellós

La travesía de Vandellós y la muralla

Glosario