 La basílica de San Vicente desde la muralla
La primera noticia documental de la presencia hebrea en Ávila es de 1144: Alfonso VII cede a la Catedral el diezmo correspondiente a la renta anual de la comunidad judía. Ésta es la referencia tangible pero hay un gran número de versiones, más entroncadas
con la mitología, que anteceden este origen hasta la propia fundación de la ciudad
Algunas de ellas sostienen que, en Ávila, ya hubo judíos mucho antes, en época hispano-romana.
A alimentar esta hipótesis contribuye la propia leyenda fundacional de la primitiva
Basílica de San Vicente en el siglo IV, en la que un judío construye, en el mismo
lugar en el que hoy se encuentra la actual, la primera iglesia martirial dedicada
a los santos Vicente, Sabina y Cristeta.
En su Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, Fray Luis Ariz aseguraba en 1607 que, tras la toma de la ciudad a los musulmanes por el rey castellano
Alfonso VI, los primeros contingentes de judíos llegaron alrededor del año 1085 para unirse a la repoblación, que dirigió su yerno,
el conde don Raimundo de Borgoña. Así es como se incorpora el nombre del rabí Centén a las primeras crónicas de la
ocupación de Ávila, después de varios siglos en los que fue considerada tierra de nadie, frontera entre los reinos cristianos y musulmanes.
Los judíos de Ávila orientaron su actividad profesional, principalmente, hacia los
oficios artesanales, sobre todo ricos comerciantes de paños. En esta ciudad también escribió Nissim ben Abraham, más conocido como el profeta de Ávila, su Libro de las maravillas de la sabiduría, y aquí alcanzaron las cumbres de la mística cristiana Teresa de Jesús y Juan de
la Cruz, hijos de cristianos nuevos entroncados en viejas familias de origen judío.
 Calle Reyes Católicos
La invasión almohade de 1147 tuvo importantes repercusiones para la expansión hebrea
por la península. La amenaza de este pueblo supuso el éxodo de judíos y cristianos
del sur peninsular hacia el centro y norte de España.
Con Alfonso VIII (1155-1214) la situación de los judíos no varía de forma sustancial.
El monarca tendió a igualar jurídicamente a sus súbditos. Se experimentó un incremento
de judíos en la Corte, lo que suscitó críticas, pero no era un favor gratuito: la
colaboración judía era indispensable para la vida comercial y la administración. Además,
la judería aportaba una cuantía en impuestos nada desdeñable que solía convertirse en objeto
de cesión real: en 1176, el rey concedía a la Catedral y a su obispo Sancho un tercio
de las rentas que recibía en concepto de portazgos y pechos de judíos, en un momento en el que la judería de Ávila era una de las más importantes de Castilla. En esta época, la comunidad
judía era próspera y había conseguido un grado de armonía superior a las demás juderías
castellanas.
Fernando III (1199-1252) no varió esta política. El Concilio de Valladolid, de 1228, supuso restricciones a los judíos en lo relativo
a su movimiento libre por calles y el comercio en los mercados, pero el rey no aplicó las nuevas normas a los judíos de Ávila. Sancho IV el Bravo
siguió la política de su padre y mostró predilección por la comunidad hebrea abulense.
En 1285, Yuçaf de Ávila figura como recaudador de impuestos del obispado y poseía
casas en la ciudad. En este año, la población judía había aumentado tanto en número e influencia que
se negaron a pagar el diezmo de sus ingresos en rentas.
A inicios del siglo XIV, la población judía cohabitaba con la cristiana. Inicialmente,
los judíos habitaron la zona de la calle del Lomo, hoy de Esteban Domingo. A lo largo
de este siglo y durante el siglo XV, los judíos van trasladándose hacia la zona del
Mercado Chico, un área muy comercial. Todo cambió con el decreto de 1480 de las Cortes
de Toledo, que dictaminaba que vivieran retraídos e apartados. Así se instalaron en una zona delimitada por la calle Vallespín, (antes Rúa de Zapateros),
la iglesia de Santo Domingo y el Palacio Polentinos, con la muralla como límite por
el sur.
 Callejón de las Nieves, donde se encuentra la Casa del Rabino
Y es que, a finales del siglo XIV, las relaciones entre cristianos y judíos se van
deteriorando en Castilla. Pero Ávila sigue desmarcándose de la tónica general y su
comunidad hebrea disfruta de una etapa de expansión y llegaba a la segunda mitad del
siglo como un pueblo que había salvado la fe de sus mayores, la masoret. Las revueltas y contiendas motivadas por las luchas de poder de los Trastámara tuvieron
en Ávila poca repercusión. Lo peor vendría en 1391. Por entonces, hacía casi medio
siglo que había muerto Alfonso XI, cuya actitud hacia los judíos de Ávila fue positiva
a pesar de algunos movimientos hostiles en sínodos y concilios. Pedro I tendió hacia el apaciguamiento de los ánimos más exaltados contra la comunidad
judía en las Cortes de 1351 en Valladolid, lo que le valió el título de amigo de los judíos, apelativo que buscaba perjudicar al monarca que les permitía levantar nuevas sinagogas
o ampliar las antiguas.Con Pedro I pero también después, con Enrique II, Ávila sufrió asaltos de algunos
grupos que robaron y quemaron documentos mercantiles y cartas de obligación entre
1360 y 1366 debido a la moratoria de las deudas de los judíos, tiempo que aprovecharon
algunas partidas de alborotadores para apropiarse de pagarés y garantías. El rey,
sin embargo, intercedió en auxilio de los judíos. Pero el mismo rey permitió en 1375 que se presionara a la comunidad hebrea para que
asistieran a los debates religiosos en las iglesias, uno de los cuales fue protagonizado
por el converso Juan de Valladolid y Moshé ha-Cohen de Tordesillas. Escribía Moshé ha-Cohen:
En este año vinieron hombres perversos y duros, que habían renegado de nuestra santa
ley y tomado una religión nueva; y en virtud de una carta real que les autorizaba
a ello, recorrían nuestros pueblos y convocaban a los judíos donde y cuando querían
para discutir con ellos sobre su religión [...]. Uno de ellos [...] nos reunió cuatro
veces ante la multitud y la asamblea de los cristianos y los musulmanes. Se extendió
en alegorías y comparaciones, pero yo le refutaba siempre cuanto decía con pruebas
sacadas del Pentateuco y de los Evangelios.
El ambiente antijudío creciente en Castilla fue provocando la conversión de judíos
y los inicios de la práctica del criptojudaismo. En estos momentos llegó Juan I al
trono y, aunque se prohibió la prédica a Ferrand Martínez, el Arcediano de Écija,
uno de los más importantes predicadores antisemitas, el problema del antijudaísmo
creció. Ferrand Martínez se hizo enormemente popular por sus sermones y predicaciones
en los que insistentemente alentaba el odio contra los judíos y, por medio de ellos,
fue el mayor impulsor de la revuelta antijudía de 1391. Juan I tuvo un trato especial hacia la catedral de Ávila y en 1384 le asignó una renta
de tres mil maravedís de los llamados pechos judíos, pagaderos en noviembre de cada año, un privilegio que se confirmó en 1391 por Enrique
III.
 La catedral desde la muralla
Las matanzas antijudías del año 1391 no llegaron a Ávila, pero el clima de inquietud
y desasosiego por la situación general empezó a ser notable. La Corona hacía lo posible
para quitar hierro a la situación pero las predicaciones de Vicente Ferrer en 1411
en Valladolid provocaron que muchos judíos huyeran de la población. Ávila seguía siendo
un oasis en esta atmósfera tensa y ni siquiera las prédicas de Alonso de Espina, mediado el siglo XV, hicieron mella. El apartamiento de los judíos
que quería aplicar la Pragmática de 1412 fue superado porque al Cabildo, que alquilaba
casas y locales a los judíos, no le interesaba una medida que hubiera supuesto la
caída de sus ingresos. Los judíos siguieron viviendo en las calles aledañas a la Catedral
o entre el Mercado Chico y el Grande, en la Rúa de los Zapateros, la Plaza de San
Juan, el Arco de Montenegro y desde el Postigo de la Malaventura hasta el lienzo de
la muralla del Puente del Adaja.
En 1442, fecha en que llegó a Ávila la bula Cantate Domino de Eugenio IV, Álvaro de Luna, valido del Rey y muy ligado a la ciudad, rechazó su
acatamiento e influyó sobre Juan II para que en la Pragmática de Arévalo se favoreciera
al pueblo judío. La bula, famosa por su tesis «No hay salvación fuera de la Iglesia», pedía la conversión
de los judíos al cristianismo. Enrique IV, tras su ascenso al trono en 1454, adoptó las leyes previas y autorizó
el comercio ilimitado, el libre mercado y la libertad económica, de la que se beneficiaron
los judíos de Ávila. Quisieron algunos interrumpir esa línea de entendimiento a los
diez años de su reinado con la sentencia de Medina del Campo que, entre otras medidas,
contemplaba el apartamiento de judíos en guetos y la humillación de fijar en el atuendo
un distintivo para los ciudadanos judíos, la prohibición de llevar jubones y ropajes
de seda o desempeñar cargos palaciegos. Enrique IV evitó que la sentencia de Medina
se aplicara, provocando con su actitud que fuera depuesto en la llamada farsa de Ávila, cuando la Liga de Nobles, liderada por Juan Pacheco y aliada con los elementos antijudíos
de la ciudad, proclamó rey a Alfonso, hermano del monarca, y derogó todas las disposiciones
que favorecían a los judíos.
El reinado de los Reyes Católicos parecía esperanzador. Muchos judíos, como Abraham
Seneor, habían apoyado a los monarcas. No obstante, las Cortes de Madrigal de 1476 trajeron disposiciones como la retirada de la capacidad
de las aljamas para juzgar los pleitos penales y la obligatoriedad de que los judíos lleven una roela bermeja. Las nuevas medidas crearon en Ávila situaciones conflictivas tanto en lo referido
al atuendo como en lo relacionado con las restricciones a la usura. Los dirigentes
de la judería desaconsejaron prestar dinero en aquellas condiciones, con lo cual peligraba la financiación
de la ciudad. Ante esta situación, Isabel I buscó fórmulas para evitar el menoscabo
causado a los judíos e impedir así que salieran de Ávila, amenaza que contemplaba
con temor dada su importancia en la economía y el comercio. En 1478 y en Medina del Campo, los Reyes Católicos otorgan su Carta a favor de los judíos de Ávila, que constituye el primer caso de habeas corpus aplicado a una comunidad judía en toda la historia europea:
Cada que ante Vos [...] fuese dada querella de algund judío de esa dicha cibdad por
qualquier persona [...] de algund delito que digan aver cometido, no dades contra
ellos mandamiento para que los prendan syn primeramente traer información sobreello
según e como el derecho lo quiere el manda.
Las Ordenanzas municipales de la ciudad de 1485 hacían hincapié en la larga trayectoria de tolerancia y buenas
relaciones: desoyeron y desestimaron en su texto todo tipo de discriminación vejatoria
o de normas ofensivas a los miembros de las minorías religiosas y otorgaron a todos los mismos derechos como ciudadanos:
Ordenamos [...] que estos derechos del suelo paguen los judíos [...] desta cibdad
según e por la manera que lo han de pagar los cristianos e de suso se contiene. Quier
salgan a la feria quier non [...] [ningún cristiano] se entremeta a prender a los
judíos en sus juderías [...] aunque labren y fagan sus labores puertas abiertas en
los días de Pascua e Domingos e Fiestas que son de guardar, ni en otras algunas aunque
dentro de ellas anden sin señales, e quien lo contrario hiciere caya en la pena.
 Fachada Occidental de la Iglesia de San Pedro
De esta forma, las Ordenanzas distaban de los criterios del Sínodo del año anterior
y lo aconsejado por la Iglesia y se separaban de lo que era habitual en el conjunto
de los concejos castellanos, siempre atentos a recortar sus derechos. El Concejo de
Ávila vio apoyada su postura pro-judía por los Reyes Católicos que se encontraban
en Murcia, un año después, en 1488, autorizando ciertos derechos a la comunidad no
cristiana sobre todo en lo referente al comercio de comestibles.
En el último cuarto del siglo XV, el Concejo, que había defendido los derechos de
los judíos, les niega el título de vecinos. Los hebreos abulenses, por la Ley de Encerramiento tuvieron que trasladarse al entorno
de la puerta de la Malaventura, en una zona muy reducida dado el elevado de judíos
existentes en la ciudad. Fue por poco tiempo. El 1 de mayo de 1492 llegó a Ávila el edicto de expulsión. Los judíos abulenses vendieron
sus propiedades e inmuebles. Sus sinagogas y cementerios y todas las propiedades comunales
pasaron a manos del Concejo. La vida local se resintió en todos sus aspectos y fue
determinante para el declive de la ciudad que se vio sumida en una crisis socioeconómica
que se alargó durante varios siglos. La expulsión de los judíos fue un mazazo que no pareció tener respaldo alguno por
parte de la población.
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