 El área del Seminario (a la derecha), donde estuvo ubicada la Escuela de Traductores
de Toledo en tiempo de Alfonso X el Sabio
Considerada con justicia como una verdadera ciudad dentro de otra, la madinat al-Yahud, o ciudad de los judíos, consitituye un amplio espacio urbano que ocupa prácticamente el diez por ciento
de la Toledo amurallada. Dividida a su vez en diferentes barrios, que se corresponden
con las distintas etapas de su expansión, la judería toledana es un intrincado laberinto que requiere ser acotado para poder obtener una
visión de conjunto de cómo fueron y cómo vivieron los judíos toledanos al menos durante
once siglos.
Aunque los documentos escritos más antiguos datan su presencia en el siglo IV, en el contexto
de la Toletum romana, la tradición sefardita va más allá y relaciona a los judíos con el mismo origen mítico de la ciudad, considerando
probable que los primeros hebreos llegaran a la Península Ibérica coincidiendo con
los destierros asirio y babilónico, en los siglos VIII-VI antes de Cristo.
En el plano histórico, la presencia judía está suficientemente probada a partir de
la aprobación de medidas antijudías o la confirmación de las anteriores realizada
en los diferentes concilios celebrados en la ciudad. Con la monarquía visigoda (siglos
V-VIII), periodo en el que Toledo fue capital del reino, los judíos constituyeron
una colonia numerosa, por lo que se puede postular la existencia de una judería al menos desde el siglo VI.
A partir del III Concilio de Toledo, (589) momento en que el rey Recaredo y sus súbditos godos abandonan el arrianismo para convertirse al catolicismo romano,
comienzan los problemas de convivencia. Las persecuciones y los castigos que se iniciaron
con la conversión de Recaredo provocaron que muchos judíos optaran por convertirse
al cristianismo, marcharse o quedarse y aceptar con resignación la nueva situación.
Las hostiles disposiciones legales hacia los judíos toledanos, continuaron hasta la
ocupación de la ciudad en el año 711 por las tropas musulmanas. La destrucción de la fuerza visigoda en la batalla de Guadalete de 711, el desconocimiento
del modo de combatir árabe y la probable muerte de Rodrigo en la batalla dejó la puerta abierta al caudillo Táriq ibn Ziyad para apoderarse de Toledo en el año 711. Ante la situación de represión, los judíos
acogieron a los invasores árabes como libertadores tras la caída del régimen visigodo. Lo cierto es que, la ciudad, desprotegida al llevarse consigo Rodrigo a su comitatus y a los espatarios de la guardia real, no opuso resistencia, por lo que no sería extraño suponer que
la comunidad judía hubieran abierto las puertas de la muralla a las tropas musulmanas
mientras los habitantes de Toledo asistían a misa. Leyenda o no, el hecho es que la
dominación árabe de Toledo inició un largo período de prosperidad para la comunidad
judía.
Los musulmanes, al considerarlos también como hombres del Libro, les dotaron de una amplia libertad. Los judíos asimilaron pronto los usos de los
nuevos gobernantes, adoptaron su lengua como vehículo cultural y la utilizaron hasta
el siglo XIII incluso en su documentación interna o de carácter religioso. Durante
esta época, hasta finales del siglo XI, fueron muchos los sabios judíos que nacieron
o fueron educados en Toledo, como Abraham ibn Ezrá o el propio Jehudá ha-Leví. Aquí
nació y escribió su obra poética Abraham ibn al-Fakhar, muerto en 1231, Israel de Toledo y tantos otros que arrojaron la luz de su saber en la corte castellana.
Hacia el año 1000 la comunidad judía toledana era insignificante y con anterioridad
a esta fecha los datos acerca de su presencia escasean. Se trata de familias que conviven
con la población cristiana, comercian y trabajan en el campo. Su suerte corre pareja a la de la Reconquista, cuyos avances y retrocesos repercuten
directamente en el estado de cosas. La España musulmana ofrecía grandes posibilidades
y un alto nivel de vida. Los judíos de Al-Ándalus aprovechaban el clima tolerante
del Califato e hicieron suyos los valores de aquella civilización refinada sin renunciar
a sus creencias religiosas.
 Casa de Samuel ha-Leví, actualmente Museo de El Greco
En 1085 Alfonso VI conquista Toledo y la judería inicia una época de prosperidad y crecimiento demográfico. Los judíos prestaron su
ayuda al rey castellano para la conquista de la ciudad y el Alfonso VI les concedió
los mismos derechos que a los cristianos. El auge de la comunidad judía se mantendrá
con los reyes cristianos al acrecentar su representatividad social y política, convirtiéndose
en el siglo XII en la comunidad judaica más importante de la corona de Castilla.El médico y nasí de Toledo Yosef ben Ferruziel, también conocido como Cidellus será el primer ministro
del monarca y dará paso a una serie de judíos que tendrán cargos de importancia en
la corte de Castilla.
A pesar de la protección real, Isaac ben Jacob na-Cohen, conocido como Al-Fasi, talmudista del siglo XI, habla de persecuciones en Toledo en 1090, cinco años después de la entrada de Alfonso VI en Toledo.En sus Responsa, Al-Fasi también menciona una matanza de judíos en 1108, año en el que murió Salomón
ibn Farissol. Tampoco parece que la igualdad entre cristianos y judíos durara mucho. Un decreto de 1118 prohibía a los judíos jurisdicción alguna sobre un cristiano, de donde se
deduce que con anterioridad eso era habitual.
En 1135, con la llegada de los almohades a Al-Ándalus, se produjo la huída precipitada
de la población judía hacia Castilla y Aragón, lo que dejó a la España musulmana prácticamente
libre de judíos. Los almohades, «los que reconocen la unidad de Dios», o Banu Abd al-Mumin, fue una dinastía musulmana de origen bereber que surgió en el actual Marruecos en
el siglo XII como reacción a la relajación religiosa de los almorávides y dominaron
el norte de África y el sur de la Península Ibérica desde 1147 a 1269. Ante la intransigencia
almohade, las aljamas, como la de Toledo, aumentaron su población con judíos provenientes
de la España mulsulmana. Muchos llegaron en 1147, siendo nasí de los judíos de Toledo Judá ben Yosef ibn Ezrá, pariente del poeta.
Las consecuencias de esta emigración masiva fueron decisivas. En Toledo se afincaron
poetas, gramáticos, filósofos, científicos, médicos y otros sabios, haciendo de la
ciudad su principal destino. El arzobispo de Toledo don Raimundo de Sauvetat, que llegó a ser Canciller de Castilla con Alfonso VII, quiso aprovechar la coyuntura que hacía convivir en armonía a cristianos, musulmanes
y judíos auspiciando diferentes proyectos de traducción demandados por todas las cortes de la Europa cristiana. El prestigio de la Escuela de Traductores de Toledo fue tal que ni siquiera las disposiciones antijudías del Concilio de Letrán en 1215 pudieron dañar su florecimiento.
 Roca Tarpeya
El favoritismo real hacia los judíos fue a menudo causa de tumultos, como la revuelta
de 1178, en el que murió la amante judía del rey Alfonso VIII. En esta revuelta también murieron Judá y Samuel Alnaqua. O la revuelta de 1212, coincidiendo con la llegada de judíos que huían de la intolerancia
francesa. La respuesta del arzobispo de Toledo fue cargar a la comunidad judía con nuevos impuestos: cada judío mayor de veinte años tendría que hacer frente a un gravamen anual, al
tiempo que se les imponía una tasa adicional en concepto de lucro cesante en la compra
de casas a propietarios cristianos.
El reinado de Alfonso X el Sabio, fue el de mayor prosperidad y esplendor de la comunidad judía de Toledo. De su situación
nos da fe la cantidad en impuestos pagada por la aljama en 1284: un millón de maravedíes. Durante su reinado la judería de Toledo será conocida por su gran extensión, la suntuosidad y belleza de sus edificios
públicos y la calidad intelectual de sus rabinos.
Tras la muerte del rey Sabio, los judíos caen de nuevo en desgracia. Durante el siglo
XIV, la epidemia de peste negra en 1348 y la guerra entre Pedro I el Cruel y Enrique
de Trastámara traen como consecuencia un profundo malestar social del que son manifestaciones
los ataques a la judería en 1355 y 1391. A esto se unió el incendió del recinto del Alcaná, barrio comercial donde
los judíos tenían sus tiendas, talleres y algunas viviendas. Hasta el 1222, año en el que comienza la ampliación de la catedral, la mezquita mayor, consagrada en diciembre de 1086 al culto cristiano, había sido
poco modificada. A finales del siglo XIV, se proyecta la construcción del claustro, que comienza a construirse el 14 de agosto de 1389. Hay dudas sobre si el incendio
fue provocado por el Cabildo de la catedral para permitir la construcción del claustro
proyectado por el arzobispo Pedro Tenorio en la zona del Alcaná.
Las revueltas antijudías de 1391 también llegan a Toledo. El 18 de junio, la judería de Toledo fue atacada durante la noche de manera similar a otras ciudades del reino.
Entre las víctimas de la matanza se encontraban destacados artesanos, poetas y hombres
de letras. La mayor parte de las sinagogas de la ciudad fueron destruidas o seriamente
dañadas.En febrero de 1398, el rey ordenó al alcalde Juan Alfonso y al tesorero mayor Juan Rodríguez de Villareal que hicieran averiguaciones sobre quiénes habían cometido los robos en la judería de Toledo, imponiéndoles a los culpables una multa de treinta mil doblas de oro.
 Paseo de San Cristobal
Las desastrosas consecuencias económicas para la ciudad se dejaron sentir muy pronto;
especialmente en los particulares, monasterios y otras instituciones religiosas que
perdieron las rentas que tenían situadas sobre los tributos de las aljamas judaicas.
Los más afectados fueron los capellanes cuyos beneficios eclesiásticos provenían de
las rentas situadas en la judería.
En 1411 el dominico Vicente Ferrer llega a Toledo en su campaña de predicación de 1411-1412, y según Francisco de Pisa en su Descripción de la Imperial Ciudad de Toledo de 1605:
Viniendo a esta ciudad de Toledo, vista la obstinación incredulidad y perfidia de
algunos, tomando consigo alguna gente de armas entró por el barrio de la Iudería [...]
y en el antiguo templo que ahora llaman santa María la Blanca (que era su synagoga),
y a pesar de todos los Iudios la bendixo, y él echando los fuera la hizo iglesia [...]
y en ella celebró Missa.
 Paseo del Tránsito
Este testimonio de Francisco de Pisa ha sido puesto en duda posteriormente, porque
parece que Vicente Ferrer ofreció su sermón extramuros (puesto que la Catedral no
podía albergar a toda la gente que deseaba oírlo), pero es un indicador claro del
estado de cosas existente respecto a la comunidad judía toledana.
La agresividad de los cristianos contra judíos y musulmanes, que se va acentuando
progresivamente, se traduce en la promulgación de una serie de ordenanzas contra ellos en 1451, en las que se les impone una serie de medidas restrictivas
como la prohibición de andar de noche por las calles, entrar en iglesias o monasterios
sin autorización, salir de sus casas durante las festividades cristianas, así como
la obligación de llevar señales distintivas cosidas en sus ropas. Los judíos de Toledo se quejaron ya que el rey, Juan II, en 1450 había dado una orden para que se revocasen y anulasen todas las ordenanzas antijudías que en el reino castellano se hubiesen establecido, pues habían sido muchos los lugares
que lo habían hecho, y los judíos se marchaban de aquél.El rey mandó que el Ayuntamiento de Toledo cumpliese su orden y éste, reunido el 23 de febrero de 1452, revisó las ordenanzas,
suprimiendo algunas, pero modificando y manteniendo otras.
Varios incendios acompañan los estados de desequilibrio social que se presentan aún
en el siglo XV. Apoyados por la Liga de Nobles, que destronaron simbólicamente a Enrique IV en la
llamada Farsa de Ávila el 5 de julio de 1465 y coronaron a su hermano Alfonso (hecho del que se acuerda
Jorge Manrique en la Coplas por la muerte de su padre en 1476), los cristianos viejos comenzaron a limpiar las tierras de Castilla de todos aquellos que llevaban sangre judía, ya fueran judíos o conversos, y a los musulmanes convertidos al cristianismo. Éstos, sintiéndose amenazados, se sublevaron en Toledo el día de
los fuegos de la Magdalena, el 22 de julio de 1467. Fuertemente armados, los conversos pusieron cerco a la catedral
y mantuvieron a los cristianos asediados después de matar a dos canónigos y a algunos
más. Un millar de cristianos y un refuerzo de ciento cincuenta hombres llegados de
Ajofrín vinieron a socorrer a los asediados. Los conversos tomaron puertas y puentes
de la ciudad y montaron cuatro barricadas. Los combates se iniciaron entonces en los
alrededores de la catedral y prosiguieron en el barrio de la Magdalena. Los asediados
pudieron salir, unos dicen que por la puerta que da sobre la calle de Ollas; otros,
que por la del Reloj. La respuesta de los conversos fue prender fuego al barrio de
la Magdalena. Todas las casas vecinas al Corral de Don Diego ardieron al instante.
Fray Mesa, cronista de Castilla, dice que el fuego se extendió con la fuerza del viento a la
Trinidad, pasó cerca de San Juan de la Leche, redujo a cenizas la calle Nueva y la
de la Sal, llegando hasta el mercado de las especias y hasta la iglesia de Santa Justa.
El incendio prosiguió, según el cronista, por la calle de los Tintes y quemó la casa
de Diego García de Toledo. Mil seiscientas casas quedaron destruidas. Los cristianos viejos, después de largos días de lucha, pudieron finalmente controlar
el fuego y reducir a los conversos. Su cabecilla, Fernando de la Torre, fue ajusticiado; muchos otros conversos correrían la misma suerte en días posteriores.
De poco sirvió el levantamiento a los sublevados, que se vieron obligados a huir de
Castilla con sus bienes. Los que optaron por quedarse, privados de su derecho a llevar
armas o a ocupar puestos en la Administración, finalmente tuvieron que convertirse
y dar fe de su buena voluntad de ser cristianos ante el Tribunal de la Inquisición.
 Calle de las Bulas
Tras el Edicto de expulsión de los Reyes Católicos, el 31 de marzo de 1492, la aljama de Toledo desaparece y los edificios públicos de los judíos, con alguna excepción,
son repartidos por los Reyes Católicos entre nobles y ordenes religiosas para compensar
la pérdida de rentas. Muchos habitantes de la judería decidieron convertirse, pero otros marcharon camino del exilio. Hay varios detalles
que nos demuestran el apego que tenían por esta tierra, que también era la suya. Mantuvieron
el judezmo allá donde fueron y segundo, y más importante, conservaron las llaves de sus casas
pensando en regresar.
No lo hicieron nunca.
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