 El Castillo de la Suda
Los romanos fueron quienes fundaron la colonia de Dertosa hacia mediados del siglo
I a.C. con la instalación en este territorio de un contingente de legionarios que
obtuvieron sus títulos de propiedad tras la victoria de Julio César en Ilerda (Lleida).
Tortosa, la Dertosa romana, fue siempre enclave principal en el curso bajo del río Ebro y en la falda
de la colina creció la ciudad. Sus puertos fluvial y marítimo, siempre entre los más importantes del Mediterráneo
occidental, estuvieron ya en el siglo VI gestionados a través de las negociaciones
de los judíos, a los que el papa denominaba por entonces transmarini negotiatores. Era natural que, debido a su estratégica situación geográfica, Tortosa estuviera
destinada a ser emporio de riqueza y prosperidad y que este centro atrajera muy pronto
a otras gentes. La amplia romanización de la ciudad permitió que los visigodos, llegados en el siglo
VI, respetaran la lengua y la organización de la antigua colonia hasta la conquista
musulmana.
Frente a otras ciudades catalanas que apenas vivieron la influencia de la dominación
musulmana, Tortosa o Turtuxa, como la denominaron los árabes, dependió durante varios siglos del Califato de Córdoba
hasta que, tras su ruptura, formó su propio reino de taifa en 1035.Los sarracenos conquistaron la ciudad entre los años 713 y 718. Si los sarracenos
obtuvieron ayuda de los judíos del interior para su fácil conquista no lo sabemos,
pero pudo ser así, pues el descontento judío con la política visigoda era notable.
Ya entonces había judíos organizados en torno al puerto, enrolados en empresas comerciales
ultramarinas. Esa condición hizo de Tortosa punto estratégico del califato de Abderramán III, en el siglo X. Vestigio de aquel tiempo es el Castillo de la Suda y la lápida fundacional
de las atarazanas. No hubo fricciones notables: era época de coexistencia de las tres
religiones.
La preponderancia judía en Tortosa se resintió más tarde a partir de dos hechos: uno
lo fue a corto plazo, relacionado con la decadencia del puerto tortosino y con ello
de su dominio comercial fluvial y marítimo. El otro lo fue a más largo plazo y tuvo
que ver con la conquista de la ciudad por Ramón Berenguer IV en 1148. Aunque es cierto que la conquista cristiana del poderoso enclave musulmán
de Tortosa supuso al principio la afluencia de judíos venidos de otras partes, como
Tolosa, la situación y carácter de su presencia ya no fueron lo mismo.En 1149, Ramón Berenguer IV, a través de la Carta de franqueses al Jueus de Tortosa, hizo donación a los judíos de las atarazanas andalusíes para la construcción de
sesenta viviendas.
Entre los siglos XII al XIV, los judíos de Tortosa gozaron de un período de explendor
y tranquilidad: los templarios se habían erigido en sus protectores. Jaime I hizo bayle de la ciudad al judío Astruc Yacob Xixó en 1262 y confirmado vitaliciamente dos años más tarde en un momento en el que el
call tortosino era acaso el más próspero de la Corona de Aragón. En ese clima se desenvolvieron los banqueros Yafudà Marçii, su hermano y Abraham Meir, que financiaron al rey en sus empresas y ayudaron con su saber financiero a la autoridad
local cristiana con aportes y consejos. Astruc Yacob Xixó, o Xixén, pertenecía a una
vieja familia de sefardíes: Shushan o ben-Shusan, y no sólo fue alcalde de Tortosa
sino también su recaudador mayor. El rey confiaba en él, como confió en sus judíos;
la Corona los tenía siempre que los necesitaba: Cuando Jaime I necesitó dinero para conquistar el condado de Urgell, el esfuerzo económico fue llevado
por los judíos tortosinos, junto con los de Gerona y Barcelona, que recaudaron la
cifra de ciento quince mil libras.Cuando el hijo y sucesor de Jaime II, el infante Alfonso, armó una flota en 1323 para conquistar Cerdeña, la comunidad judía de Tortosa contribuyó
armando dos naves a su costa, servicio que le valió a la comunidad una exención de
impuestos reales durante dos años. Los judíos respondían siempre, pero no siempre fueron correspondidos.
 La esquina de la calle Jerusalén donde se ubicaba la sinagoga de la judería vieja
De 1272 es el conocido Llibre de les Costums de Tortosa, corpus que recogía las normas de conducta y conviviencia de una población abigarrada.
El cúmulo de disposiciones y particularismos legales presentados en el Llibre hacían complicada la existencia en la judería y suponían encontronazos con la población cristiana. En el fondo, como en el resto de los calls aragoneses y de las aljamas y juderías de Castilla y Navarra, la suerte de los judíos
dependía de los vaivenes y bandazos del día a día: una epidemia, un desastre natural,
una hambruna, cualquier cosa, a menudo impredecible, podía disparar el odio siempre
latente en el ánimo, a menudo soliviantado por agentes externos; en estos casos la
autoridad sólo podía hacer una cosa: trasladarlos temporalmente al Castillo de Tortosa.
La Peste Negra en 1347, primero, y los acontecimientos derivados de las matanzas de
1391 después, fueron diezmando su número a pesar de que el Castillo de la Suda impidió
la total matanza. Se divisaba ya su ocaso en forma de conversiones de los más flacos
en la fe o de los más interesados en conservar su patrimonio económico aunque para
ello fuera necesario abandonar la masoret, la tradición y memoria que son cemento del pueblo judío. La puntilla se la dio San Vicente Ferrer, que sin duda animó con sus sermones a Benedicto XIII, cuya sede de Peníscola era hervidero antijudío. La convocatoria por el papa de la
Disputa de Tortosa (1413) supondría un golpe tremendo a la antaño poderosa judería. Su desaparición con el edicto de 1492 ya se prefiguraba por entonces. Así, en manos
de un siglo se acabó con una presencia milenaria. Claro que hablamos de una presencia
material, porque la espiritual siguió siempre en el alma de los sefardíes tortosinos
de Sarajevo, Salónica, Constatinopla, Jerusalén, alguno de los cuales, como en el
caso de las juderías castellanas y andaluzas, conservan la llave que desde finales
del siglo XV se transmitieron en sentimental herencia. A propósito de la peripecia
Histórico de los judíos tortosinos cabría recordar aquella estrofa de romanza que
dice: Por enmedio fue rompida / e ya no hay fin al dolor: / la cadena de la vida / se amustió
como una flor.
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